Los directivos no tienen tiempo para pensar. Ya se sabe. No paran de correr de un sitio a otro, de un problema a otro, brincando y sorteando las amenazadoras manillas del cronómetro que parecen dispuestas a trocearles. Las nuevas tecnologías les han ayudado a no tener tiempo. Contestan al móvil con el frenesí con el que antes fumaban; han de enviar emails urgentes desde la Blackberry; mantenerse al día del Twitter; actualizar sus redes sociales y estar al tanto de todo lo que acontece en su departamento (¡no vayan los colaboradores a tener iniciativas!).