Atraer y conservar el talento está en todas las bocas y en todos los programas de Recursos Humanos. Parece ser una de las máximas preocupaciones actuales, pero ¿de verdad el talento se caza como las mariposas y se gestiona como una cartera de valores en bolsa?
¿Qué es realmente el talento?
¿Algo propio a la persona, una característica peculiar como la forma de la nariz, la altura o el color de los ojos. Algo inherente con que ha nacido o se ha encontrado al crecer, y de lo que no puede librarse?
Podríamos ir a la búsqueda del talento como otros van a buscar setas o trufas en los montes, llenaríamos nuestra cesta y nos dirigiríamos felices directo a la cocina para guisar con total seguridad un manjar.
Hay un ejercicio que realizo dentro de mi actividad de
coaching de equipos directivos, y está centrado en los valores. Más
exactamente, en la (in)coherencia entre los valores personales de los
directivos y los valores que utilizan y profesan en su manera de dirigir la
organización.
Se basa en un desarrollo de Roger Nifle que discrimina 8
tendencias combinando dos ejes que son: orientación al SER versus orientación
al NO-SER (eje horizontal) y enfoque a la ELEVACIÓN versus enfoque a la REDUCCIÓN (eje vertical).
En este modelo, el polo del SER corresponde a la idea de que
el hombre es un ser por si mismo, individual, con derechos y capacidades para
disponer de si mismo, independientemente de las exigencias sociales o legales
del sistema en el que se sitúa.
Jamás desde que, en los albores del siglo XX, Taylor
inventara la gestión racional del trabajo, habíamos sido tan tayloristas.
Gestión por Competencias, Reingeniería de Procesos, y otras
manifestaciones de la cuantofrenia[1] que
se ha apoderado de las empresas, todo tiende a animalizar al hombre en un
proceso reductor, destinado a despojarle de lo que le diferencia de las
máquinas para convertirle en un recurso gestionable, en base a una ideología
miope.
En consecuencia, el número de afectados de riesgos
psicosociales se dispara, trabajadores se suicidan, y la desimplicación se
torna cada vez más general.
Paralelamente, se multiplican los discursos políticamente
correctos, afirmando que el personal es el primer activo de la empresa, y otras
consideraciones humanistas contradichas por la propia realidad. La paradoja
entre los mensajes oficiales y el día a día de la dirección de personas no es
ajena al incremento de problemas neuróticos sufridos por los trabajadores en
cualquier nivel de la jerarquía.
Taylor disgregó el trabajo, veremos si sus herederos
consiguen disgregar al trabajador, quebrantando su mente y su espíritu.
El trabajador, como ser humano, es simultáneamente causa y
consecuencia de la organización social. La
sociedad existe a causa del hombre, pero a la vez debe existir en su beneficio.
La sociedad no puede ser el ogro que devora a sus hijos, que a la vez son sus
padres, sin corromper ipso facto la
finalidad de su existencia.
Una sociedad que no permitiera el crecimiento humano de
aquellos que la componen no tendría legitimidad.
[1]patología que consiste en querer traducir
sistemáticamente los fenómenos sociales y humanos en lenguaje matemático
Ayer sábado, he leído de un tirón un libro cuya lectura me parece imprescindible a cualquier empresario o directivo con visiones a largo plazo.
Se trata de “CREO, LUEGO CREO”, de Jordi López Daltell.
Bajo este título de inspiración cartesiana se halla un libro de máxima utilidad para las empresas en el contexto actual de crisis, entiéndase de momentos de replanteamientos de los rumbos equivocados que está teniendo la gestión de las personas en las organizaciones en estos últimos años.
Se trata de un libro eminentemente práctico, cuidadosamente sostenido por un pensamiento claro y nítido: la empresa gana si los empleados ganan, por lo que empresarios, directivos y empleados deben trabajar en equipo.
La confianza (“creo en la gente”) es clave para crear resultados, y perder la confianza de los trabajadores es privarse de cosechar resultados a largo plazo
Sobre el cambio, Jordi apunta:
“La imposición no genera cambio, sólo puede generar obediencia o desobediencia. Si la conducta cambia por imposición de la autoridad, el pensamiento no cambia. Y el cambio de conducta no será real. Y el coste de mantener artificialmente esa nueva conducta es un gasto enorme en control, supervisión y en premios por mantenerla y castigos por no mantenerla”.
Ya lo voy repitiendo a diestra y sinistra: las empresas deben aprender a ser altruistas, aunque sea por puro egoísmo.
Recursos:
pl.
Bienes, medios o riqueza. Conjunto de medios disponibles para resolver una
necesidad o llevar a cabo una empresa. Recursos naturales, hidráulicos,
forestales, económicos, humanos.
Cuando la empresa considera a los humanos
como recursos, los está considerando en el mismo plan que sus bienes, sus
pertenencias (riqueza) o como un medio para conseguir sus objetivos personales.
A principios del siglo XX, el principal problema de las empresas era producir más. Los hombres claves en la empresa eran ingenieros organizadores como Taylor, Gantt, Ford.
Los trabajadores se repartían en dos grupos: los que pensaban (los mandos) y los que sólo podían ejecutar (los otros). Habían una clase de ciudadanos que consumía y otra distinta que producía.
Desde entonces la sociedad ha evolucionado y hoy el individuo, tanto como ciudadano como consumidor, ha conseguido el derecho a expresarse, a ser informado, a tener responsabilidad y a elegir. Es natural que espere los mismos derechos como trabajador.
Confrontados a estos cambios, los empresarios manifiestan muchas veces una total incomprensión. No entienden los fenómenos y comportamientos que observan, lo cual se traduce por inseguridad y, a su vez, desconfianza.