Maquiavelo es un autor bastante tergiversado, y maquiavélico
suele considerarse como sinónimo de amoral e hipócrita. Sin embargo, apoyándose
en la obra de Nicolás Maquiavelo, Fausto Marso propone una reflexión personal y
una guía sobre cómo convertirse en un príncipe de la gestión. Nada de malicia
ni de perfidia en sus consejos, todo lo contrario, siendo el humanismo lo que trasparece
de sus palabras.
Los directivos no tienen tiempo para pensar. Ya se sabe. No
paran de correr de un sitio a otro, de un problema a otro, brincando y
sorteando las amenazadoras manillas del cronómetro que parecen dispuestas a
trocearles. Las nuevas tecnologías les han ayudado a no tener tiempo. Contestan
al móvil con el frenesí con el que antes fumaban; han de enviar emails urgentes
desde la Blackberry; mantenerse al día del Twitter; actualizar sus redes
sociales y estar al tanto de todo lo que acontece en su departamento (¡no vayan
los colaboradores a tener iniciativas!).
Hay un ejercicio que realizo dentro de mi actividad de
coaching de equipos directivos, y está centrado en los valores. Más
exactamente, en la (in)coherencia entre los valores personales de los
directivos y los valores que utilizan y profesan en su manera de dirigir la
organización.
Se basa en un desarrollo de Roger Nifle que discrimina 8
tendencias combinando dos ejes que son: orientación al SER versus orientación
al NO-SER (eje horizontal) y enfoque a la ELEVACIÓN versus enfoque a la REDUCCIÓN (eje vertical).
En este modelo, el polo del SER corresponde a la idea de que
el hombre es un ser por si mismo, individual, con derechos y capacidades para
disponer de si mismo, independientemente de las exigencias sociales o legales
del sistema en el que se sitúa.
Una de las palabras más utilizadas por el
tecnomanagement, es probablemente “excelencia”. Es el lema omnipresente, el
objetivo absoluto: organizaciones, productos, líderes, trabajadores, todo ha de
ser excelente. Pero ¿qué significa exactamente excelente? Según el diccionario
de la Real Academia:
“Que sobresale en
bondad, mérito o estimación.” Y a su vez sobresalir: “Dicho de una persona o de una cosa: Exceder a otras en figura, tamaño,
etc.”. Así, lo excelente es aquello que se sitúa por encima de los demás.
Según el dogma, todos tenemos que sobresalir sobre los demás. No es más que una
paradoja, si todos sobresalimos, nadie sobresale.
Ética porque para conectar con los demás e ilusionar a
seguidores, es preciso compartir y respetar valores. Responsabilidad porque
liderar no es tan simple como dar órdenes y culpar a los demás de un mal
resultado, sino asumir una posible falta de preparación, de motivación, y
objetivos mal planteados o confusos. Eficacia porque liderar no es guiar para
entretenerse, matar al tiempo y quejarse de no llegar a ninguna parte, sino
para conseguir una meta deseada por todos.
Los malos líderes confunden liderazgo con poder y autoridad
con autoritarismo. Caen, y llevan a sus tropas, por el lado oscuro con
finalidades egoístas. Siempre dicen “he ganado” o bien “he perdido”.
Por el contrario, como lo dijo Lao Tse, “de la obra de un
gran líder, el pueblo dirá: lo hicimos nosotros”.