Desde los romanos se
conoce la selección de personal. Aquellos la utilizaban, por ejemplo, para
seleccionar a los que iban a formar parte de las prestigiosas legiones. Una de
las pruebas consistía en cruzar nadando un río tumultuoso. Los que lograban
alcanzar la otra orilla quedaban seleccionaos, los que se ahogaban ... no.
Recursos:
pl.
Bienes, medios o riqueza. Conjunto de medios disponibles para resolver una
necesidad o llevar a cabo una empresa. Recursos naturales, hidráulicos,
forestales, económicos, humanos.
Cuando la empresa considera a los humanos
como recursos, los está considerando en el mismo plan que sus bienes, sus
pertenencias (riqueza) o como un medio para conseguir sus objetivos personales.
El Numerólogo es un obseso de los números. Cae en la ilusión
de que los beneficios se sacan de tablas de Excel. Aunque nadie, jamás, ha
conseguido beneficios calculando ratios de contabilidad, él se esfuerza con
ahínco a acoplar la realidad a sus teorías como otros su obesidad a una talla
46.
Pretende hacer pagar los costes de la ineficacia de su
empresa a los clientes, aumentando precios sin más argumento que mantener sus
márgenes. Pierde bastantes clientes en el empeño, y cuando no tiene más remedio
que admitir que el mercado no está dispuesto a seguirlo, reduce costes drástica
e indiscriminadamente y se convierte en Degollador.
El Numerólogo no es consciente del mundo en que trabaja. Los
números son su religión y hablar de otras trivialidades es blasfematorio.
Motivación, trabajo en equipo, desarrollo personal son, para
él, conceptos abstractos, horriblemente subjetivos, y por lo tanto lujos
superfluos que se puede permitir uno cuando le sobra dinero y para quedar bien
en las conversaciones del club, entre comentarios sobre el Porsche Cayenne y la
piscina del nuevo chalet.
Su estrategia frente a la crisis consiste en replegarse en
la ortodoxia de las cifras y devolver el ser humano al sitio que le corresponde
como herramienta de poca fiabilidad: una máquina aun no totalmente despojada de
sus componentes biológicos.
En su obstinación por negar la realidad, convierte su
empresa en la isla de los supervivientes: sálvese quien pueda y maricón el
último.
¡Fuera sinergias, viva la ineficiencia! Se multiplican
promesas a clientes que no se podrán cumplir, servicios deficientes,
competitividad en caída libre, movimientos convulsivos para intentar ‘hacer
algo’, recesión…
La crisis le va a pasar factura, y cara. Pero él seguirá
echando la culpa a los demás: clientes que no quieren comprar, vendedores que
no quieren vender, trabajadores que no quieren trabajar.
A principios del siglo XX, el principal problema de las empresas era producir más. Los hombres claves en la empresa eran ingenieros organizadores como Taylor, Gantt, Ford.
Los trabajadores se repartían en dos grupos: los que pensaban (los mandos) y los que sólo podían ejecutar (los otros). Habían una clase de ciudadanos que consumía y otra distinta que producía.
Desde entonces la sociedad ha evolucionado y hoy el individuo, tanto como ciudadano como consumidor, ha conseguido el derecho a expresarse, a ser informado, a tener responsabilidad y a elegir. Es natural que espere los mismos derechos como trabajador.
Confrontados a estos cambios, los empresarios manifiestan muchas veces una total incomprensión. No entienden los fenómenos y comportamientos que observan, lo cual se traduce por inseguridad y, a su vez, desconfianza.