Maquiavelo es un autor bastante tergiversado, y maquiavélico
suele considerarse como sinónimo de amoral e hipócrita. Sin embargo, apoyándose
en la obra de Nicolás Maquiavelo, Fausto Marso propone una reflexión personal y
una guía sobre cómo convertirse en un príncipe de la gestión. Nada de malicia
ni de perfidia en sus consejos, todo lo contrario, siendo el humanismo lo que trasparece
de sus palabras.
Atraer y conservar el talento está en todas las bocas y en todos los programas de Recursos Humanos. Parece ser una de las máximas preocupaciones actuales, pero ¿de verdad el talento se caza como las mariposas y se gestiona como una cartera de valores en bolsa?
¿Qué es realmente el talento?
¿Algo propio a la persona, una característica peculiar como la forma de la nariz, la altura o el color de los ojos. Algo inherente con que ha nacido o se ha encontrado al crecer, y de lo que no puede librarse?
Podríamos ir a la búsqueda del talento como otros van a buscar setas o trufas en los montes, llenaríamos nuestra cesta y nos dirigiríamos felices directo a la cocina para guisar con total seguridad un manjar.
¿Y si -
sin saberlo - formaras tú, en este momento, parte del Matrix? Si fueras un
señor Anderson entre tantos, totalmente inconsciente de la ilusión en la que
vives? Me dedicas un momento?
Un mito es un conjunto de creencias o una narración
imaginaria que intenta dar una explicación a la realidad. En las sociedades,
los mitos llegan a formar parte de la cultura que define dicha sociedad y sus
valores, e influencian, a veces enormemente, los comportamientos de sus
miembros.
No importa que lo en que se crea sea o no verdad, lo
importante es la creencia. Los mitos sociales tienen además la propiedad de que
no se replantean nunca, porque hacerlo sería una blasfemia social.
La sociedad actual ha adoptado un mito en la última parte de
siglo XX, que se ve reforzado de año en año, debido probablemente a la enorme
dificultad que representa oponerse a los mitos socialmente aceptados: estamos
en guerra y, como en las películasy series
televisivas tituladas “los Inmortales”: sólo puede quedar uno.
A principios del siglo XX, el principal problema de las empresas era producir más. Los hombres claves en la empresa eran ingenieros organizadores como Taylor, Gantt, Ford.
Los trabajadores se repartían en dos grupos: los que pensaban (los mandos) y los que sólo podían ejecutar (los otros). Habían una clase de ciudadanos que consumía y otra distinta que producía.
Desde entonces la sociedad ha evolucionado y hoy el individuo, tanto como ciudadano como consumidor, ha conseguido el derecho a expresarse, a ser informado, a tener responsabilidad y a elegir. Es natural que espere los mismos derechos como trabajador.
Confrontados a estos cambios, los empresarios manifiestan muchas veces una total incomprensión. No entienden los fenómenos y comportamientos que observan, lo cual se traduce por inseguridad y, a su vez, desconfianza.