El directivo ideal parece ser aquel que es capaz de actuar sin descanso (porque tiene una menta incansable), de tomar decisiones inmediatas sin tergiversar (tan seguro de sí mismo que nunca se equivoca), de solucionar con un sabio consejo o, mejor aún con una acción fulminante, cualquier problema que tengan sus colaboradores o contactos.

Es lo que llamo el síndrome del Capitán Kirk. ¿Os acordáis?, el de Star Trek. Estaba en todo, solucionaba airosamente cualquier situación mientras que su experta tripulación se quedaba limitada y siempre salvaba él la nave (claro, con lo que pagaban al protagonista, no lo iban a dejar en el camerino).

En cada directivo parece hallarse un Capitán Kirk dispuesto a actuar para salvar el mundo. Está claro que con tal responsabilidad, pensar está visto como una debilidad del sistema emocional, como algo que mata la acción. Admitir la necesidad de reflexionar se ve como una grieta en esta seguridad en si mismo que forma parte del traje del directivo moderno, a la vez que como un tiempo muerto, desaprovechado, en un mundo en el que cada minuto, cada segundo tiene que ser productivo. El directivo que piensa debe hacerlo a escondidas, reflexionar a hurtadillas.

En los programas de formación experiencial que imparto, he podido comprobar que cuando tengo un grupo de directivos “ganadores”, actúan muy de prisa, intentando ganar cada minuto inclusive si los objetivos son de optimizar la calidad y no el tiempo. Comenten muchos errores por precipitación. Cuando analizamos sus resultados, vemos los numerosos fallos que la falta de reflexión y de planificación les ha llevado a cometer. Pero lo más curioso, es que están convencidos que esto es lo correcto, de que “en la vida real” no hay tiempo para pensar. ¡Claro que no tienen tiempo!, lo dedican a rectificar los errores que han cometido por falta de reflexión.

MHC