La solución que creen haber encontrado consiste en eliminar el término molesto de la ecuación, es decir tachar el factor humano vaciando las cabezas con la eficacia de un embalsamador egipcio, y quedarse sólo con el envoltorio. “¿Nuestro problema procede de que los empleados son humanos? ¡Qué diablos! Liberémosles de esta tara.”

En su cuantofrenia, que es la obsesión por traducirlo todo a números, las empresas han decidido que lo que no se puede medir no existe – y mucho menos controlar – lo cual no deja de ser un total paralogismo. Hay muchas cosas que no se pueden medir y sí se puede controlar, y también hay cosas que sí se pueden medir, y sin embargo no podemos controlar. No podemos medir nuestro enfado para con este conductor que acaba de abollar nuestro coche, pero sí podemos controlarlo; podemos medir las distancias exactas a la luna y sus dimensiones, pero no podemos ejercer ningún control sobre su posición, rotación ni, de hecho, nada que la concierne.

Evidentemente, las emociones y los sentimientos son incordios en esta fiesta racional y, a su vez, lo son los conceptos de motivación, implicación, compromiso, espíritu de equipo. Según el manual de uso de algunos empresarios, la implicación  y el entusiasmo tienen que ir con el sueldo: tantos euros, tantos kilos de fervorosa dedicación.

Sus creencias, por muy arraigadas que sean, están equivocadas, o para ser más exacta, son tan falsas como ciertas al mismo tiempo, algo que no cabe en su fe en un sistema lineal, determinista y bivalente. Son la consecuencia de negar y denegar una realidad molesta, una humanidad que interviene como granos de arena en los engranajes de sus tablas de Excel.

Einstein sentenció que “en la medida en que las matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas, y que en la medida en que son ciertas, no se refieren a la realidad”.

Las empresas seguirán tropezando en la gestión del componente humano – y por tanto deteriorando el rendimiento al que aspiran – mientras no acepten el principio de indeterminación y recurran a un modo de pensar y de acción que integre la Lógica Difusa.

Obviamente, perseguir el rendimiento económico es bueno, si las empresas no crean riquezas, volveremos a las sociedades primitivas, pero lo que es malo, es equivocarse de paradigma y ante la ineficacia de las soluciones aplicadas, reforzarlas y endurecerlas, aplicando el principio muy bien descrito por Paul Watzlawick en su libro “lo malo de lo bueno”: cuando algo no funciona, aumentemos la dosis.