Este mito empieza muy temprano a surtir efectos en los individuos, desde el colegio. Los estudios, desde que los niños tienen diez u once años, son vistos como una competición acérrima que plantea la disyuntiva entre formar parte de los elegidos (los ganadores) o engrosar para siempre las filas de los perdedores, es decir personas que habrán desperdiciado su vida y ante las que se cerrarán todas las puertas de un posible futuro triunfo.

Los colegios ya no son centros de educación, que preparan a los jóvenes a desarrollarse y encontrar su vía, sino un proceso de selección permanente que elimina, con poca o ninguna contemplación, a aquellos que no cumplen con el cursus ideal. La ideología de la gestión, que ha invadido todos los aspectos de la sociedad, lleva a todos los centros educativos a una guerra comercial (aun cuando son establecimientos públicos), cuyo criterio de atracción de “clientes” es el índice de éxito en el examen de fin de estudios y puerta de acceso a los imprescindibles estudios superiores. Evidentemente, estos indicadores miden el porcentaje de alumnos que aprueban el examen, pero sólo entre los presentados, nunca entre el total de alumnos que ingresaron en el Centro. Por tanto, no rinde cuentas de la cantidad de fracasos escolares que genera el sistema para permitir al centro educativo figurar en el top-ten.

Nutridos desde la infancia de una ideología competitiva, los estudiantes licenciados y, al ser posible, masterizados, ingresan en el mundo empresarial en el que la competición se convierte en guerra. Porque no hay alternativa: ganar o morir, es el lema, implícito o explícito de las empresas. El trabajador debe aceptar que, si no rinde lo suficiente como para ayudar a su empresa a vencer, no es más que una carga social, un lastre, y que si le queda un ápice de sentido de la responsabilidad, debe ceder el sitio a alguien más capacitado. Ya no es un problema de rentabilidad, se ha convertido en una responsabilidad social: o formas parte de los que pueden ganar la guerra, o debes retirarte para evitar hacer perder a toda la organización.

Hay una gran diferencia entre decir a uno que no es capaz de realizar determinado trabajo y llegar a que se convenza de ser socialmente inútil, o peor: perjudicial. Para un soldado empresarial, no basta con cumplir con su faena, ni sus obligaciones laborales, tiene que estar dispuesto a invertir todas sus fuerzas y sacrificar su vida personal para un objetivo holístico mucho más importante: que su empresa pueda ganar la guerra.

No voy a desarrollar aquí las desastrosas consecuencias sobre la autoimagen, la propia estima y la confianza en sí mismo que genera este mito, y los dramas que provoca. Los suicidios por causas laborales (cuatrocientos en Francia en 2007), el 31% de media de fracasos escolares en secundaria, el incremento en un 11% de las solicitudes de atención por riesgos psicosociales laborales entre abril 2008 y abril 2009 no constituyen más que ejemplos.

Pero si me preguntaré si la finalidad de las sociedades humanas es seleccionar al último Inmortal.

 

MHC