Jamás desde que, en los albores del siglo XX, Taylor inventara la gestión racional del trabajo, habíamos sido tan tayloristas.

Gestión por Competencias, Reingeniería de Procesos, y otras manifestaciones de la cuantofrenia[1] que se ha apoderado de las empresas, todo tiende a animalizar al hombre en un proceso reductor, destinado a despojarle de lo que le diferencia de las máquinas para convertirle en un recurso gestionable, en base a una ideología miope.

En consecuencia, el número de afectados de riesgos psicosociales se dispara, trabajadores se suicidan, y la desimplicación se torna cada vez más general.

Paralelamente, se multiplican los discursos políticamente correctos, afirmando que el personal es el primer activo de la empresa, y otras consideraciones humanistas contradichas por la propia realidad. La paradoja entre los mensajes oficiales y el día a día de la dirección de personas no es ajena al incremento de problemas neuróticos sufridos por los trabajadores en cualquier nivel de la jerarquía.

Taylor disgregó el trabajo, veremos si sus herederos consiguen disgregar al trabajador, quebrantando su mente y su espíritu.

El trabajador, como ser humano, es simultáneamente causa y consecuencia de la organización social. La sociedad existe a causa del hombre, pero a la vez debe existir en su beneficio. La sociedad no puede ser el ogro que devora a sus hijos, que a la vez son sus padres, sin corromper ipso facto la finalidad de su existencia.

Una sociedad que no permitiera el crecimiento humano de aquellos que la componen no tendría legitimidad.



[1]  patología que consiste en querer traducir sistemáticamente los fenómenos sociales y humanos en lenguaje matemático