Maquiavelo es un autor bastante tergiversado, y maquiavélico
suele considerarse como sinónimo de amoral e hipócrita. Sin embargo, apoyándose
en la obra de Nicolás Maquiavelo, Fausto Marso propone una reflexión personal y
una guía sobre cómo convertirse en un príncipe de la gestión. Nada de malicia
ni de perfidia en sus consejos, todo lo contrario, siendo el humanismo lo que trasparece
de sus palabras.
En un contexto económico basado en la competitividad y la eficacia
productiva, la motivación del personal parece una condición
indiscutible. Seguro que pensáis que cuanto más motivado, mejor,
¿verdad? ¿Realmente seguro?
Dicen que todo lo que se puede medir, se puede mejorar. Primero,
pongámonos de acuerdo sobre el término “medir”, y ¿qué mejor árbitro que el
diccionario de la Real Academia
Española?
Medir : 1. tr. Comparar una cantidad con su
respectiva unidad, con el fin de averiguar cuántas veces la segunda está
contenida en la primera.
Pues bien, en la empresa Perico Palotes y
Asociados, han decidido ser profesionales – ya está bien que nos acusen de
diletantes – y medir sus inversiones en formación como Dios y Peter Drucker
mandan.
El
talento es como los copos de nieve. Solos no consiguen nada, pero cuando se
juntan, llegan a ser arrolladores.
Julio
tiene un talento. Cuando forma parte de un grupo de personas, todo el mundo se
lleva bien, la gente se siente animada, hay - como se dice coloquialmente -
buen rollo. No parece hacer nada especial, simplemente está.
Atraer y conservar el talento está en todas las bocas y en todos los programas de Recursos Humanos. Parece ser una de las máximas preocupaciones actuales, pero ¿de verdad el talento se caza como las mariposas y se gestiona como una cartera de valores en bolsa?
¿Qué es realmente el talento?
¿Algo propio a la persona, una característica peculiar como la forma de la nariz, la altura o el color de los ojos. Algo inherente con que ha nacido o se ha encontrado al crecer, y de lo que no puede librarse?
Podríamos ir a la búsqueda del talento como otros van a buscar setas o trufas en los montes, llenaríamos nuestra cesta y nos dirigiríamos felices directo a la cocina para guisar con total seguridad un manjar.
¿Y si -
sin saberlo - formaras tú, en este momento, parte del Matrix? Si fueras un
señor Anderson entre tantos, totalmente inconsciente de la ilusión en la que
vives? Me dedicas un momento?
Desde los romanos se
conoce la selección de personal. Aquellos la utilizaban, por ejemplo, para
seleccionar a los que iban a formar parte de las prestigiosas legiones. Una de
las pruebas consistía en cruzar nadando un río tumultuoso. Los que lograban
alcanzar la otra orilla quedaban seleccionaos, los que se ahogaban ... no.
Los directivos no tienen tiempo para pensar. Ya se sabe. No
paran de correr de un sitio a otro, de un problema a otro, brincando y
sorteando las amenazadoras manillas del cronómetro que parecen dispuestas a
trocearles. Las nuevas tecnologías les han ayudado a no tener tiempo. Contestan
al móvil con el frenesí con el que antes fumaban; han de enviar emails urgentes
desde la Blackberry; mantenerse al día del Twitter; actualizar sus redes
sociales y estar al tanto de todo lo que acontece en su departamento (¡no vayan
los colaboradores a tener iniciativas!).
Los Planes de Motivación del Personal me saben a las dietas
de mi tía Amparo.
Amparo come todo lo que le viene en ganas. Cuando cocina,
termina amorosamente todo lo que queda adherido a las cazuelas o en el fondo de
las sartenes. Si encuentra en el frigorífico un Tupper con alguna sobra de la
comida anterior, las termina para hacer sitio en la nevera. En la mesa, no
duda nunca en acabar cualquier resto que pueda aun quedar en las fuentes.
Paralelamente, frecuenta a los dietéticos y gasta mucho
dinero en las tiendas de Nature House, probando sin éxito todos los productos
para adelgazar. Es obvio que no para de quejarse de lo poco eficaz que resultan
regímenes y consejos facultativos pero los sigue reclamando periódicamente,
cuando su báscula empieza a emitir gritos de dolor.
Definitivamente, los Planes de Motivación del Personal me
saben a las dietas de mi tía porque las empresas, o sus departamentos de
Recursos Humanos, imaginan que motivar al personal consiste en administrarle alguna
pócima o gragea reparadora mientras se les puede seguir gestionando como el
burro del palo y de la zanahoria, sin consideración ninguna para sus
necesidades personales.
No creo que la motivación del personal dependa de ningún
plan de motivación, sino de mantener en la empresa unas pautas de gestión
basadas en la reciprocidad, la consideración y el respecto por las aspiraciones
personales de la gente. La
motivación está en cada uno de nuestros actos como jefes o directivos, en cada
una de nuestras palabras, en un trabajo con sentido y en saber crear equipos
unidos; no en programas de temporada como los saldos de El Corte Inglés.
Hay un ejercicio que realizo dentro de mi actividad de
coaching de equipos directivos, y está centrado en los valores. Más
exactamente, en la (in)coherencia entre los valores personales de los
directivos y los valores que utilizan y profesan en su manera de dirigir la
organización.
Se basa en un desarrollo de Roger Nifle que discrimina 8
tendencias combinando dos ejes que son: orientación al SER versus orientación
al NO-SER (eje horizontal) y enfoque a la ELEVACIÓN versus enfoque a la REDUCCIÓN (eje vertical).
En este modelo, el polo del SER corresponde a la idea de que
el hombre es un ser por si mismo, individual, con derechos y capacidades para
disponer de si mismo, independientemente de las exigencias sociales o legales
del sistema en el que se sitúa.
La palabra equipo ha sido tan malgastada que resulta a veces
desgastada. Al tener consonancias tan positivas, la han acoplado a todas las
situaciones, llamando equipo a lo que no lo es en absoluto. En el mejor de los
casos se ha llamado equipo a un simple grupo de trabajadores reunidos en el
mismo departamento, en el peor: a una mala agrupación de gentes dispares y
distantes que sólo tienen en común recibir un sueldo de la misma empresa.
¿Son las diferencias entre grupo y equipo tan sutiles que
sólo unos especialistas quisquillosos pueden hallar diferencias, o se trata de
dos entidades tan distintas como un Rioja Reserva y un vino de mesa?
Las empresas están obsesionadas por la racionalidad. Podéis
estar seguros de que no tengo nada en contra de la intención. Sin embargo uno
de los componentes esenciales de las empresas somos los seres humanos, y
funcionamos según una lógica irracional - o una racionalidad ilógica - basada
en una mezcla variable e inconstante de razón, razones y emociones.
Enfrentadas a la paradoja de objetivar un sistema que opera
con lógica difusa y bajo el principio de indeterminación, las empresas se
encierran obstinadamente en la paradoja, sin conseguir resolver la cuadratura
del círculo.
Un mito es un conjunto de creencias o una narración
imaginaria que intenta dar una explicación a la realidad. En las sociedades,
los mitos llegan a formar parte de la cultura que define dicha sociedad y sus
valores, e influencian, a veces enormemente, los comportamientos de sus
miembros.
No importa que lo en que se crea sea o no verdad, lo
importante es la creencia. Los mitos sociales tienen además la propiedad de que
no se replantean nunca, porque hacerlo sería una blasfemia social.
La sociedad actual ha adoptado un mito en la última parte de
siglo XX, que se ve reforzado de año en año, debido probablemente a la enorme
dificultad que representa oponerse a los mitos socialmente aceptados: estamos
en guerra y, como en las películasy series
televisivas tituladas “los Inmortales”: sólo puede quedar uno.
Jamás desde que, en los albores del siglo XX, Taylor
inventara la gestión racional del trabajo, habíamos sido tan tayloristas.
Gestión por Competencias, Reingeniería de Procesos, y otras
manifestaciones de la cuantofrenia[1] que
se ha apoderado de las empresas, todo tiende a animalizar al hombre en un
proceso reductor, destinado a despojarle de lo que le diferencia de las
máquinas para convertirle en un recurso gestionable, en base a una ideología
miope.
En consecuencia, el número de afectados de riesgos
psicosociales se dispara, trabajadores se suicidan, y la desimplicación se
torna cada vez más general.
Paralelamente, se multiplican los discursos políticamente
correctos, afirmando que el personal es el primer activo de la empresa, y otras
consideraciones humanistas contradichas por la propia realidad. La paradoja
entre los mensajes oficiales y el día a día de la dirección de personas no es
ajena al incremento de problemas neuróticos sufridos por los trabajadores en
cualquier nivel de la jerarquía.
Taylor disgregó el trabajo, veremos si sus herederos
consiguen disgregar al trabajador, quebrantando su mente y su espíritu.
El trabajador, como ser humano, es simultáneamente causa y
consecuencia de la organización social. La
sociedad existe a causa del hombre, pero a la vez debe existir en su beneficio.
La sociedad no puede ser el ogro que devora a sus hijos, que a la vez son sus
padres, sin corromper ipso facto la
finalidad de su existencia.
Una sociedad que no permitiera el crecimiento humano de
aquellos que la componen no tendría legitimidad.
[1]patología que consiste en querer traducir
sistemáticamente los fenómenos sociales y humanos en lenguaje matemático
Recursos:
pl.
Bienes, medios o riqueza. Conjunto de medios disponibles para resolver una
necesidad o llevar a cabo una empresa. Recursos naturales, hidráulicos,
forestales, económicos, humanos.
Cuando la empresa considera a los humanos
como recursos, los está considerando en el mismo plan que sus bienes, sus
pertenencias (riqueza) o como un medio para conseguir sus objetivos personales.
El
conocimiento en la organización es un conjunto colectivo de saber y saber
hacer. Gestionarlo supone administrarlo y rentabilizarlo, lo cual implica
planificar y controlar y conlleva adquisición, mantenimiento, medición y puesta
en disponibilidad de los recursos.
El
conocimiento es la fuente de la competitividad de las empresas; es lo que le
proporciona su capacidad de adaptación y competitividad en el mercado. Sin
conocimiento, no hay más que oscuros seguidores, y sin planificación de los
recursos, sólo parches de improvisación y focalización de las energías en la
supervivencia en lugar de en el crecimiento.
La empresa que adopta la estrategia tortuga recoge patas y
cabeza debajo del caparazón, confiando en su solidez para aguantar la tormenta.
No consumir - o lo mínimo – es el lema. No respirar, acercarse
tanto como sea posible a una seudo hibernación, aun cuando biológicamente, una
tortuga no es una marmota, ni aguanta del mismo modo el letargo.
Cuando el globo baja, hay que soltar lastre para mantenerse
en el aire. Esta es la convicción del degollador, y se traduce en echar por la
borda a todo empleado que cuesta más que produce. Fundamentalmente, razón – o
razones – no le falta, y es cierto que a veces hay que sacrificar dedos para
salvar el brazo.
Deslastrar implica suprimir todo peso muerto, i.e. todo lo
que genera costes inútiles, todo lo prescindible. Gustosa o no, es una solución
que resulta a veces ineludible y abundan las metáforas que la apoyan, como que no
se puede ganar batallas sin perder soldados o hacer tortillas sin cascar
huevos. Sin embargo es una solución tan parcial que resulta en la mayoría de
los casos contraproducente.
Está claro que si la demanda cae de cien a setenta, también
tendrá que hacerlo la producción, y por tanto habrá un treinta por ciento de
recursos que sobrarán en alguna parte. Pero si sólo se reduce personal para
aligerar costes, es de suponer que también se va a perder algo positivo, o
¿será que los empleados sólo son bellas bailarinas que mantienen los
empresarios por filantropía?
Para el mecanicista, el trabajador es claramente una máquina
con patas. Es heredero de la filosofía del siglo XVII y del pensamiento de
Descartes quien afirmaba que los animales no tienen mente y se pueden explicar
integralmente en términos de materia y movimiento.
Su pensamiento reduccionista considera a los empleados como
componentes de un artilugio mecánico, y por tanto perfectamente sustituibles
uno por otro. Contempla la motivación, la implicación y el celo como meras
propiedades subjetivas, y está convencido que un equipo es menos que la suma de
sus miembros.
Del mismo modo que entre dos máquinas que cumplan la misma
función, hay que comprar la más barata, piensa que si existe un trabajador que
acepta un salario de cien, sería estúpido contratar a otro que cueste ciento
veinte.
Un empleado le parece un tornillo y si flojea o deja de
funcionar, cualquier otro sirve para reemplazarlo.