Se exige cada vez más de los empleados, responsabilizándolos
más de los resultados, y se les despoja cada vez más de toda responsabilidad
sobre el cómo conseguirlos.
Hacer a la gente responsable del resultado denegándole la
responsabilidad sobre cómo conseguirlo es toda una contradicción, al no
sentirse responsable sobre lo que hace, tampoco lo es sobre los resultados.
Una de las palabras más utilizadas por el
tecnomanagement, es probablemente “excelencia”. Es el lema omnipresente, el
objetivo absoluto: organizaciones, productos, líderes, trabajadores, todo ha de
ser excelente. Pero ¿qué significa exactamente excelente? Según el diccionario
de la Real Academia:
“Que sobresale en
bondad, mérito o estimación.” Y a su vez sobresalir: “Dicho de una persona o de una cosa: Exceder a otras en figura, tamaño,
etc.”. Así, lo excelente es aquello que se sitúa por encima de los demás.
Según el dogma, todos tenemos que sobresalir sobre los demás. No es más que una
paradoja, si todos sobresalimos, nadie sobresale.
Un mito es un conjunto de creencias o una narración
imaginaria que intenta dar una explicación a la realidad. En las sociedades,
los mitos llegan a formar parte de la cultura que define dicha sociedad y sus
valores, e influencian, a veces enormemente, los comportamientos de sus
miembros.
No importa que lo en que se crea sea o no verdad, lo
importante es la creencia. Los mitos sociales tienen además la propiedad de que
no se replantean nunca, porque hacerlo sería una blasfemia social.
La sociedad actual ha adoptado un mito en la última parte de
siglo XX, que se ve reforzado de año en año, debido probablemente a la enorme
dificultad que representa oponerse a los mitos socialmente aceptados: estamos
en guerra y, como en las películasy series
televisivas tituladas “los Inmortales”: sólo puede quedar uno.
Jamás desde que, en los albores del siglo XX, Taylor
inventara la gestión racional del trabajo, habíamos sido tan tayloristas.
Gestión por Competencias, Reingeniería de Procesos, y otras
manifestaciones de la cuantofrenia[1] que
se ha apoderado de las empresas, todo tiende a animalizar al hombre en un
proceso reductor, destinado a despojarle de lo que le diferencia de las
máquinas para convertirle en un recurso gestionable, en base a una ideología
miope.
En consecuencia, el número de afectados de riesgos
psicosociales se dispara, trabajadores se suicidan, y la desimplicación se
torna cada vez más general.
Paralelamente, se multiplican los discursos políticamente
correctos, afirmando que el personal es el primer activo de la empresa, y otras
consideraciones humanistas contradichas por la propia realidad. La paradoja
entre los mensajes oficiales y el día a día de la dirección de personas no es
ajena al incremento de problemas neuróticos sufridos por los trabajadores en
cualquier nivel de la jerarquía.
Taylor disgregó el trabajo, veremos si sus herederos
consiguen disgregar al trabajador, quebrantando su mente y su espíritu.
El trabajador, como ser humano, es simultáneamente causa y
consecuencia de la organización social. La
sociedad existe a causa del hombre, pero a la vez debe existir en su beneficio.
La sociedad no puede ser el ogro que devora a sus hijos, que a la vez son sus
padres, sin corromper ipso facto la
finalidad de su existencia.
Una sociedad que no permitiera el crecimiento humano de
aquellos que la componen no tendría legitimidad.
[1]patología que consiste en querer traducir
sistemáticamente los fenómenos sociales y humanos en lenguaje matemático
Ayer sábado, he leído de un tirón un libro cuya lectura me parece imprescindible a cualquier empresario o directivo con visiones a largo plazo.
Se trata de “CREO, LUEGO CREO”, de Jordi López Daltell.
Bajo este título de inspiración cartesiana se halla un libro de máxima utilidad para las empresas en el contexto actual de crisis, entiéndase de momentos de replanteamientos de los rumbos equivocados que está teniendo la gestión de las personas en las organizaciones en estos últimos años.
Se trata de un libro eminentemente práctico, cuidadosamente sostenido por un pensamiento claro y nítido: la empresa gana si los empleados ganan, por lo que empresarios, directivos y empleados deben trabajar en equipo.
La confianza (“creo en la gente”) es clave para crear resultados, y perder la confianza de los trabajadores es privarse de cosechar resultados a largo plazo
Sobre el cambio, Jordi apunta:
“La imposición no genera cambio, sólo puede generar obediencia o desobediencia. Si la conducta cambia por imposición de la autoridad, el pensamiento no cambia. Y el cambio de conducta no será real. Y el coste de mantener artificialmente esa nueva conducta es un gasto enorme en control, supervisión y en premios por mantenerla y castigos por no mantenerla”.
Ya lo voy repitiendo a diestra y sinistra: las empresas deben aprender a ser altruistas, aunque sea por puro egoísmo.
Se idolatra el egoísmo; la acumulación de dinero se
convierte en el principal símbolo de prestigio; los psicópatas sin moral son venerados
con tal que sean exitosos.
El mundo está compuesto por Winners y Losers. Winner es
aquel que es capaz de hacerse rico, preferiblemente a costa de los perdedores –
o Losers – que son aquellos que tienen estados de ánimo, ética en los negocios
y consideración humana (el peor de los defectos, totalmente retro).
Naturalmente, este drenaje de las fuerzas y recursos ajenos
en beneficio egoísta está provocando una desecación de las fuentes generadoras
de riqueza. ¿A quién le importa?
Estamos descubriendo una versión moderna de la servidumbre
feudal, donde el Señor llega a sorber la capacidad productiva de sus siervos y
su codicia los empobrece para mantenerles en permanencia en el filo de la
navaja, entre abnegación y revolución.
El verdadero problema no es que existan – y se multipliquen
– seres y organismos desolladores y esterilizadores, sino que sean objetos de
admiración social.
Recursos:
pl.
Bienes, medios o riqueza. Conjunto de medios disponibles para resolver una
necesidad o llevar a cabo una empresa. Recursos naturales, hidráulicos,
forestales, económicos, humanos.
Cuando la empresa considera a los humanos
como recursos, los está considerando en el mismo plan que sus bienes, sus
pertenencias (riqueza) o como un medio para conseguir sus objetivos personales.
El
conocimiento en la organización es un conjunto colectivo de saber y saber
hacer. Gestionarlo supone administrarlo y rentabilizarlo, lo cual implica
planificar y controlar y conlleva adquisición, mantenimiento, medición y puesta
en disponibilidad de los recursos.
El
conocimiento es la fuente de la competitividad de las empresas; es lo que le
proporciona su capacidad de adaptación y competitividad en el mercado. Sin
conocimiento, no hay más que oscuros seguidores, y sin planificación de los
recursos, sólo parches de improvisación y focalización de las energías en la
supervivencia en lugar de en el crecimiento.
La transmisión de rumores
es habitual dentro de las empresas. Los mensajes se distorsionan al pasar de
una persona a otra de forma que, al final, todos los miembros de la cadena
contribuyen a crear una nueva "información": el rumor.
Ya sabemos desde niño,
cuando jugábamos al telegrama, que cuando un mensaje se va repitiendo de boca
en boca, resulta tan distorsionado que puede llegar a ser irreconocible.
Pero lo más interesante es
observar como cada uno de los miembros de la organización que participan en el
rumor no solo modifica, o quita, sino también crea información.
(Crédito imagen: www.elavicrila.org)
Existen diferentes
investigaciones (Allport
y Postman; Transmisión de rumores) donde se demuestra que la transmisión de la información es
una experiencia de grupo en la que se crean los rumores y se distorsiona la
realidad a través de los testimonios sucesivos.
En este artículo, vamos a
ver que las alteraciones de la información siguen diferentes leyes.
Es
un desarrollo de neuronas artificiales destinado a que las máquinas puedan dar
respuestas similares a las que es capaz de dar el cerebro humano, que se
caracteriza por su creatividad, adaptabilidad, conceptuación y abstracción.
Extraño
mundo, en el que los científicos se esfuerzan a que las máquinas sepan imitar
al razonamiento humano y los empresarios a convertir los humanos en meras
máquinas.
La empresa que adopta la estrategia tortuga recoge patas y
cabeza debajo del caparazón, confiando en su solidez para aguantar la tormenta.
No consumir - o lo mínimo – es el lema. No respirar, acercarse
tanto como sea posible a una seudo hibernación, aun cuando biológicamente, una
tortuga no es una marmota, ni aguanta del mismo modo el letargo.
Cuando el globo baja, hay que soltar lastre para mantenerse
en el aire. Esta es la convicción del degollador, y se traduce en echar por la
borda a todo empleado que cuesta más que produce. Fundamentalmente, razón – o
razones – no le falta, y es cierto que a veces hay que sacrificar dedos para
salvar el brazo.
Deslastrar implica suprimir todo peso muerto, i.e. todo lo
que genera costes inútiles, todo lo prescindible. Gustosa o no, es una solución
que resulta a veces ineludible y abundan las metáforas que la apoyan, como que no
se puede ganar batallas sin perder soldados o hacer tortillas sin cascar
huevos. Sin embargo es una solución tan parcial que resulta en la mayoría de
los casos contraproducente.
Está claro que si la demanda cae de cien a setenta, también
tendrá que hacerlo la producción, y por tanto habrá un treinta por ciento de
recursos que sobrarán en alguna parte. Pero si sólo se reduce personal para
aligerar costes, es de suponer que también se va a perder algo positivo, o
¿será que los empleados sólo son bellas bailarinas que mantienen los
empresarios por filantropía?
Para el mecanicista, el trabajador es claramente una máquina
con patas. Es heredero de la filosofía del siglo XVII y del pensamiento de
Descartes quien afirmaba que los animales no tienen mente y se pueden explicar
integralmente en términos de materia y movimiento.
Su pensamiento reduccionista considera a los empleados como
componentes de un artilugio mecánico, y por tanto perfectamente sustituibles
uno por otro. Contempla la motivación, la implicación y el celo como meras
propiedades subjetivas, y está convencido que un equipo es menos que la suma de
sus miembros.
Del mismo modo que entre dos máquinas que cumplan la misma
función, hay que comprar la más barata, piensa que si existe un trabajador que
acepta un salario de cien, sería estúpido contratar a otro que cueste ciento
veinte.
Un empleado le parece un tornillo y si flojea o deja de
funcionar, cualquier otro sirve para reemplazarlo.
El Numerólogo es un obseso de los números. Cae en la ilusión
de que los beneficios se sacan de tablas de Excel. Aunque nadie, jamás, ha
conseguido beneficios calculando ratios de contabilidad, él se esfuerza con
ahínco a acoplar la realidad a sus teorías como otros su obesidad a una talla
46.
Pretende hacer pagar los costes de la ineficacia de su
empresa a los clientes, aumentando precios sin más argumento que mantener sus
márgenes. Pierde bastantes clientes en el empeño, y cuando no tiene más remedio
que admitir que el mercado no está dispuesto a seguirlo, reduce costes drástica
e indiscriminadamente y se convierte en Degollador.
El Numerólogo no es consciente del mundo en que trabaja. Los
números son su religión y hablar de otras trivialidades es blasfematorio.
Motivación, trabajo en equipo, desarrollo personal son, para
él, conceptos abstractos, horriblemente subjetivos, y por lo tanto lujos
superfluos que se puede permitir uno cuando le sobra dinero y para quedar bien
en las conversaciones del club, entre comentarios sobre el Porsche Cayenne y la
piscina del nuevo chalet.
Su estrategia frente a la crisis consiste en replegarse en
la ortodoxia de las cifras y devolver el ser humano al sitio que le corresponde
como herramienta de poca fiabilidad: una máquina aun no totalmente despojada de
sus componentes biológicos.
En su obstinación por negar la realidad, convierte su
empresa en la isla de los supervivientes: sálvese quien pueda y maricón el
último.
¡Fuera sinergias, viva la ineficiencia! Se multiplican
promesas a clientes que no se podrán cumplir, servicios deficientes,
competitividad en caída libre, movimientos convulsivos para intentar ‘hacer
algo’, recesión…
La crisis le va a pasar factura, y cara. Pero él seguirá
echando la culpa a los demás: clientes que no quieren comprar, vendedores que
no quieren vender, trabajadores que no quieren trabajar.
El baobab es el árbol más majestuoso del continente africano. Su altura sobrepasa los veinticinco metros, y es frecuente que su circunferencia alcance los treinta. Su longevidad es legendaria, pues vive fácilmente más de mil años.
El baobab es el árbol maravilla. Almacena más de 120.000 litros de agua en su cuerpo esponjoso, y todo de él se puede comer.
Casi todo tiene virtudes terapéuticas, contra la fiebre, afecciones de pecho, diarreas, desnutrición, todo sirve.
Con sus hojas secas, los africanos consiguen un polvo comestible: el lalo. Sus frutas, ricas en vitamina C y llamadas “pan de mono”, cuajan la leche y se mezclan con la comida. Sus raíces se preparan en infusiones como medicamento.
Su enorme tronco se vacía para constituir abrigos, casas o almacenes.
Piensa ahora que este árbol gigante, imponente y emblemático se ha desarrollado a partir de una semilla ¡del tamaño de un cacahuete!
Tanto la vida personal como la empresarial está llena de retos, y antes de emprender el camino, muchos suelen experimentar la ansiedad de quien mira los altos picos desde la llanura, y sienten desesperación ante desafíos que califican de insuperables. “¿Cómo podríamos hacer algo tan grande, empezando donde estamos? No llegaremos nunca; es demasiado difícil; no en esta empresa; no la gente que somos; no con el jefe / personal que tenemos”; y una larga variedad de letanías derrotistas.
Recuerda, pues, la cruzada del baobab, que necesita dos años para germinar y siete más para alcanzar medio metro. Su semilla es tan dura que necesita ser digerida por los elefantes, cuyos jugos gástricos ablandan y debilitan su cascarón, soportar lluvia ácida y ser pisoteada, para poder germinar. Después de un tratamiento tan duro y agresivo, la semilla podrá, con el tiempo, convertirse en el árbol rey de Senegal.
Un historiador romano recalcó que el
emperador Adriano, quien gobernaba entonces la casi totalidad del mundo
civilizado, viajaba a Roma en su carroza cuando una anciana se interpuso en la
calzada y le pidió que oyera sus quejas. Adriano la apartó de su camino,
alegando que estaba demasiado ocupado para escucharla.
-Entonces estás demasiado
ocupado para ser emperador, le respondió la anciana.
Una de las principales características de
un líder es la de estar siempre dispuesto a escuchar a sus colaboradores. A todos,
y no solo a los más directos.
Cuando lo olvida, consigue una
información selectiva, sesgada y por ende inadecuada, a la vez que se olvida de
que para ser líder, hay que tener seguidores desde la misma base de la
pirámide. Un líder en una alta nube, o en una jaula de cristal, no lidera nada,
salvo su ceguera, su egocentrismo y la planificación de su soledad.
La
disciplina es probablemente la voluntad y capacidad de cumplir órdenes, pero si
el que recibe las órdenes no conoce y comprende la finalidad de las mismas ¿podrá
añadir valor a la ejecución?
¿O
tendrá miedo de emprender algo creativo por no ir en contra de directrices cuya
finalidad desconoce; confundirá el cómo con el qué y carecerá de adaptabilidad
cuando ocurra cualquier imprevisto?.
El
Mariscal Lyautey afirmaba que cuando oía los taconazos de los soldados
rindiendo armas con esmerada disciplina, también veía cerrarse sus cerebros.
La
verdadera disciplina es la capacidad de usar su mente, su creatividad y
experiencia para vencer las dificultades que se interponen en la ejecución de
las órdenes. Es la libertad de actuar a su manera para conseguir el objetivo.
Limitar
las directrices a la descripción de tareas termina impidiendo la capacidad de
la organización de crear y adaptarse a las situaciones, transforma a los
colaboradores en una especie de robots y al final condena al jefe a sólo hacer
reproches a su tropa.
Me he portado muy bien. He hecho todo el
trabajo que me tocaba en la oficina, también el de algunos colegas y de varios
de mis colaboradores. He obedecido escrupulosamente a las órdenes que venían de
arriba sin alejarme ni jota del camino marcado, ni he permitido que lo hiciesen
mis empleados. He castigado a cualquiera que no cumpliera con la norma y
llamado la atención sobre cualquier trabajo imperfecto. He perdido mucho tiempo
intentando que el personal llegara puntual y, si es cierto que no lo he
conseguido, por lo menos no he reparado ante ningún esfuerzo. Pero los
resultados no han acompañado tanto trabajo y mi departamento no da lo que se
esperaba de él. Por tanto, he venido a pediros con esta carta éxito para mí,
como recompensa a mi dedicación, y carbón para mis empleados que no han sabido
funcionar.”
Melchor miró perplejamente la carta que
tenía entre sus dedos, y cogió una pluma para escribir la respuesta.
El conocimiento en la organización es un conjunto colectivo
de saber y saber hacer. Gestionarlo supone administrarlo y rentabilizarlo, lo
cual implica planificar y controlar y conlleva adquisición, mantenimiento,
medición y puesta en disponibilidad de los recursos.
El conocimiento es la fuente de la competitividad de las
empresas; es lo que le proporciona su capacidad de adaptación y competitividad
en el mercado. Sin conocimiento, no hay más que oscuros seguidores, y sin planificación
de los recursos, sólo parches de improvisación, y focalización de las energías
en la supervivencia en lugar de en el crecimiento.
En el la primera parte de este artículo,
descubrimos diferentes tipos de frustración laboral, a través del caso de tres
trabajadores.
Hoy os propongo observar las
consecuencias que provoca la frustración así como los diferentes
comportamientos que suelen adoptar sus víctimas.
Tal vez la palabra frustración os suene
algo extra-ordinaria, en el sentido de fuera de lo común o de lo habitual. Al
final del presente artículo, tal vez podáis reconocer sus manifestaciones en
muchos más casos de lo que esperabais.